Tuve que escribir todo de nuevo, luego de decidir que lo anterior no tenía sentido alguno. Las hojas están hechas una bola al fondo de la sala y yo, sigo echado en el piso.
Mis pies apuntan al atril que descansa en el borde de una de las ventanas del salón, la tímida luz grisácea de una clásica tarde Londinense apenas alumbra el lugar, filtrándose entre las cortinas semiabiertas. Llevo mis manos a mi rostro, las pestañas me acarician las falanges mientras abro y cierro los ojos, una y otra vez, como si aquello pudiera darme algo de claridad. Muevo los dedos dentro de los calcetines, estiro mi espalda contra el duro y frío piso de madera. Algunos cuadros a medio terminar me observan, otros me dan la espalda, apoyados en las murallas de concreto. Suspiro.
Me miro las manos a contraluz, como si aún hubiesen moretones ahí. Todo llegó, irónicamente, de golpe.
Recuerdo el esmero de mi madre aquella noche para que me viera perfecto. Me acomodaba el corbatín en el espejo, poniéndome un poco en puntas de pie: a mis doce años aún no alcanzaba el metro setenta de estatura. Estábamos un poco a contrarreloj, por lo que ella me tomó de la mano, llevándome al automóvil que esperaba por nosotros afuera.
Mi padre ya se encontraba ahí, y durante el viaje me dejé mecer por el movimiento del carro que brincaba sobre los adoquines. Pensaba distraídamente en que nos encontraríamos con la familia de Thomas allá, como era de costumbre. Thomas tenía un año más que yo, era más rubio que yo, más alto que yo, ligeramente más robusto que yo. Éramos amigos desde que teníamos memoria; compartíamos escondites y secretos, juguetes en Navidad y dulces en Halloween. Aún cavilaba en ello al bajar y ofrecerle la mano a mi madre para que un primer pie tocara las calles húmedas de la ciudad.
Dentro del Covent Garden, la muchedumbre cacareaba y los zapatos rechinaban contra el piso de linóleo, cuadriculado, blanco y negro. Al ver a mi amigo, no pude sino acercarme tan rápidamente como la etiqueta lo permitía y lo abracé, tal como mis padres hicieron con los suyos. Vestía, al igual que yo, un traje de tres piezas negro; llevaba el cabello peinado hacia atrás, aunque un par de mechones rebeldes caían a un lado de su frente. Aún habían personas en la boletería, faltaban unos minutos para que comenzara una ópera que yo aún no tenía tras los ojos: el Viaje de Invierno, de Schubert.
Me hablaba del internado, yo le hablaba de mi escuela. Nunca supimos porqué no estudiábamos juntos, después de todo, ambas escuelas eran las de mejor renombre en Londres. Creo que sus padres confiaban en que, rodeado de hombres, Thomas crecería para ser más recto y masculino, ergo, más atractivo para las chicas de la élite y más capacitado para encargarse de cosas de hombres, como los negocios familiares.
Pronto sonó la campanilla que anunciaba a las personas que debían ir a sus asientos. Naturalmente ambas familias nos sentamos en el mismo palco, bastante cerca del escenario. Un hombre grande, robusto, se presentó junto al pianista y la oscuridad cayó sobre los asistentes.
Thomas y yo nos mirábamos discretamente. Siempre nos miramos mucho. En general entre nosotros no eran necesarias las palabras; más de una vez me quedé en silencio mientras él curaba una herida en la rodilla, o lo seguí sin decir una palabra en una de sus travesuras. Confiaba en sus ojos azules, siempre serenos. Por eso, sin dudarlo, reconocí uno de sus gestos durante el show y esperamos el fin del primer acto.
Receso. Nuestros padres, acostumbrados a dejarnos en solitario, se aproximaron al cóctel que les esperaba a la salida del palco. Bebían champaña, conversaban con personas que, reconocía, habían estado en casa al menos una vez para algún evento social.
Caminábamos por la alfombra roja de terciopelo, por la medialuna que componían las puertas de entrada al teatro.
—Un chico en la escuela me mostró algo —me dijo—, pero creo que funcionaría mejor contigo que con él.
Su sonrisa era, como siempre, segura y, de alguna manera, encantadora.
—¿Es un juego? —pregunté, batiendo las pestañas con rapidez, ingenuo.
—No, pero es divertido. Ven.
Sin decir otra palabra, abrió una de las puertas, blanca y con volutas, con un pequeño tondo adornándola. Nos encontramos en una de las plateas, bastante alejada de la nuestra. Por supuesto, se hallaba vacía. Desde ahí se podía ver a algunas personas que habían decidido quedarse en sus asientos, frente al escenario.
Cerró la puerta y se acercó a mí. Cada vez más cerca, podía sentir su respiración sobre mi boca y el corazón en la garganta. Sabía lo que estaba sucediendo, como cualquier persona con dos dedos de frente. Pero no atiné a hacer nada, no quería moverme, tampoco. Al contrario: cerré los ojos hasta sentir sus labios sobre los míos.
Mis manos estaban pegadas a mi cuerpo inmóvil. El cuerpo me pesaba como cemento. Lo que quería era acercarlo a mí, pero me quedé ahí, de piedra. Sin embargo, lo besé, y dejé que su lengua entrara en mi boca, frotándose contra la mía. Si algo recuerdo bien ahora, es que me sentía en el cielo. Le tomé la mano y la apreté.
Luego de eso, todo se siente como un solo segundo. Con los sentidos agudizados, percibí el bamboleo de una manilla. Nos alejamos rápidamente, sin embargo, mi mano continuaba ahí, junto a la suya.
Y luego, mi memoria se borronea. Luego mi padre, agarrándome del cuello de la camisa. Luego el pasillo rojo, luego la campanilla, luego arrastrar los pies y balbucear de miedo mientras mi padre me llevaba como si mi cuerpo no pesara un solo kilo. Luego el baño, estar encerrado en el baño con mi padre furioso, su rostro color carmín y los ojos verdes ennegrecidos.
Aún hoy veo sus ojos en los míos en cualquier espejo, en cualquier superficie.
Luego la hebilla, el cinturón, los golpes. Golpearme por lo que fue una eternidad, hasta que ya no podía llorar más y mis ojos hinchados apenas me dejaban ver.
No recuerdo más después de eso. No sé cómo salí del recinto, cómo llegué a casa, ni cómo fui a la escuela al día siguiente —si es que lo hice—. No recuerdo la reacción de mi madre, estar castigado. No recuerdo nada excepto que nunca volví a ver a Thomas, y dudo que mis padres hayan vuelto a ver a los suyos.
Lo siguiente es, simplemente, haber despertado en el teatro con todo el mundo balbuceando a mi alrededor, las voces lejanas, indescifrables. Bernice me llamaba a la distancia y yo sentía que me desvanecía. Me preguntaba si algún día cesaría el dolor, mientras el toque de una mano me hervía en la piel, me quemaba la carne de la muñeca.
Despertar un poco más en una superficie rígida, con todo el mundo hablando. Y la voz en la cabeza es sólo la de mi padre: ¡asqueroso! ¡Repugnante! ¡Depravado! ¡¿Cómo pudiste?!
Mi madre no ha parado de llamar al teléfono. Insistía que me quedara con ella en casa, que le contara lo que pasó. Los médicos le repiten que fue un ataque de histeria, que seguramente soy neurótico, que eso no tiene cura ni medicamentos, que si vuelve a ocurrir, más vale internarme en un psiquiátrico. Ella, médico cirujana, perdónenlos, insiste en que nunca mostré ningún signo de estar remotamente loco.
Pero es ella quien ha tenido esos sueños, no yo. Supongo que decirles que desde pequeño fui homosexual no está en sus planes. Entonces finge que no tengo ningún historial de locura, finge que puede ser otra cosa, finge que nunca ocurrió, y contó con que mi mente enterraría todo lo ocurrido de manera suficientemente profunda para que nunca recordara a mi padre con otra cosa que no fuera amor y devoción.
No quiero contestar el teléfono. No quiero que mi padre se aparezca para verme, temo siquiera ver su silueta en la puerta de mi apartamento. Así que eventualmente contesto, le digo a Madre que estoy bien, que necesito espacio, que me he sentido de maravilla, que yo tampoco sé qué ocurrió.
Y ahora me pregunto con qué soñaré hoy, si acaso me tocará matar a los monstruos de Edward, de Bernice. ¿Podré tomar un arma algún día, incluso en aquella realidad otra, sin pensar que estoy volándole los sesos a mi padre, tal como ya vi ocurrir una vez?
No quiero cerrar los ojos. Me rehuso a dormir. Me rehuso a volver a soñar con mi padre alguna vez, o soñar con cualquier hombre. Me rehuso a confiar en algún varón, incluso siendo uno, incluso sintiéndome terriblemente atraído a ellos.
Pero las polillas también van hacia la luz, incluso cuando va a matarlas.